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Quien reinará tras el Covid-19?

hort 1 2020

Es, ciertamente, muy pronto para tratar de vislumbrar qué mundo nos dejará la Covi-19 cuando hayamos controlado su peligro. Estamos en el centro de la pandemia, aturdidos por el poder destructivo con el que este ser microscópico ha golpeado tan profunda y rápidamente nuestras sociedades, obligando a cerrar fronteras y confinar un tercio de la humanidad, con las desastrosas consecuencias que esto tendrá en el economía de cientos de millones de familias.

Pero algunas cosas hemos podido ir aprendiendo hasta ahora. La primera y más evidente es la necesidad de contar con un sistema de salud público y gratuito, lo que se muestra mucho más necesario que los millones gastados en ejércitos y armamento que a menudo no han tenido ni un solo uso. Un hecho que veremos con mucha más crudeza en los EEUU donde poseer el mayor ejército del mundo no les ayudará a evitar ver en peligro su supremacía global, cuando quizá tengan que lamentar millones de muertes por no haber podido acceder ni siquiera a un test . Este país quedará tan expuesto a la falsedad de sus argumentos fundacionales como los políticos de derechas que hoy atiende la sanidad pública, debiendo admitir que si hubieran conseguido que el grueso de la sanidad fuera privado, esta crisis hubiera sido mucho más letal. ¿Qué estado social de derecho nos habría quedado si tuviéramos, como quizás ocurra en EEUU, decenas de cadáveres en las puertas de los hospitales, desatendidos por no tener suficiente dinero para pagarse la salud más básica para poder sobrevivir? ¿Qué tipo de libertad y de democracia es esta? ¿Es esto el liberalismo? En Cuba tienen un partido en lugar de dos -que dicen lo mismo-, pero esto no ocurre.

Antes del virus, Bernie Sanders perdía en las primarias, a pesar de que sus tesis, cercanas al social-liberalismo europeo, son las que permitirían a este país seguir siendo hegemónico. En el ámbito sanitario, pero también en el educativo: de qué sería capaz EEUU si ofreciera, como Europa, educación universitaria prácticamente gratuita a todo el mundo, en lugar de mantenerla reservada a las élites? Si hoy destacan tanto en tantos ámbitos, imaginemos que podrían llegar a hacer si la educación universitaria dejara de ser un lujo. Esto y no las tesis populistas neo-con de Trump, es lo que haría América Great Again. Sanders iba perdiendo, pero puede dejar una estela que muchos de sus jóvenes seguidores podrán retomar, y donde los destrozos de la Covid-19 pueden ser un aliado clave.

Pues, con esta crisis, el neoliberalismo a ultranza de países como EEUU o Chile se verán rápidamente confrontados a sus carencias. No sólo por las cuestiones éticas y humanitarias básicas que aquí en Europa nos resultan evidentes, sino por el hecho añadido que tener parte de la población contagiada y sin atención médica, convierte estos países en inhabitables y largamente confinados, también en los barrios altos, y cerrados en el turismo y en el mundo. O en la necesidad de crear guetos de confinamiento y muerte, llevando las desigualdades que los caracterizan a unos extremos insólitos, letales, que sin duda provocarían revueltas de todo tipo, con niveles de violencia insospechados.

También, es probable que esta crisis produzca el sorpasso de China a los EEUU como potencia global, especialmente si mantiene a Trump al frente. China, a pesar de su autoritarismo estalinista-neoliberal, ha salido bastante bien de la crisis, siendo este también uno de los nuevos riesgos post Covid-19: que muchos países o bien mimeticen algunas de las dudosas virtudes autoritarias de China, o bien vayan cayendo a su órbita, dependencia de ayuda sanitaria y zona de influencia. Con la ventaja respecto a los EEUU que China no parece querer forzar a los países que cautiva a seguir su modelo, como siempre han hecho los EEUU con éxito en todo el mundo, ayudados de los dictadores y torturadores que hicieran falta, como en el cono sur.

En cualquier caso, el liberalismo radical de hacer de la salud un lujo y un bien mercantil en lugar de un derecho básico garantizado por el estado, tras la Covid-19 deja demasiadas dudas como para poderse defender seriamente sin parecer cómplice de las matanzas que pueden provocar virus como éste y los que vendrán. También la Unión Europea ha perdido mucha credibilidad, a añadir a la crisis de los refugiados y la catalana. No ha sido capaz ni siquiera de poner en común respuestas y tecnologías para ayudar a una España incapaz de entender por qué Alemania presenta un índice mucho más bajo de mortandad, volviendo a demostrar que es poco más que una agrupación de lobbies e intereses geopolíticos.

En cuanto al medio ambiente, vemos aguas y aires limpios como nunca en décadas, animales más seguros que salen de sus madrigueras, fauna y flora más bien preservada, menos mortaldad por contaminación, menos consumo energético, ecosistemas regenerándose… Vemos humanos que paran un poco a reflexionar, y se encuentran con ellos mismos solos en casa, evaluando sus modelos de vida, en algunos casos para acabar desesperados de tanto compartir tiempo consigo mismo, sin las distracciones del día a día. Sociedades que se cuestionan si estamos haciendo bien las cosas y a la hora de establecer prioridades; si con tantos dólares y máquinas que hacemos cada mes, y tantos fusiles que financiamos para guerras inexistentes, estamos construyendo sociedades resilientes y sanas, o bien petrodependientes, enfermizas y frágiles, que pueden ser tumbadas por un enemigo microscópico que no se puede parar con estas armas. Mirando el planeta hoy, cuesta no ver este maldito virus como una bendición para la Tierra, como una defensa y un antivirus de Gaia, para neutralizar, como en efecto está haciendo, el virus que realmente está matando la vida en el planeta: nosotros . Especialmente si dejamos de lado la óptica antropocéntrica con la que contemplamos el mundo y el resto de especies.

También ha quedado claro que nunca como ahora la autosuficiencia rural había tenido tan sentido y había sido de tanta actualidad. Salvo en tiempos de guerra, donde la gente que tenía familia y casa en el campo pasaba menos hambre y penurias que en ciudad. Las familias catalanas que en lugar de haber migrado completamente a las ciudades han mantenido una casa en el campo, en una gran proporción disponen de un espacio donde hacer un huerto y tener un par de frutales. Y pueden pasar días sin ir a ciudad o al pueblo a comprar víveres, sin que les falte nada para una vida saludable y entretenida.

Así como los neo-rurales, que voltean los valores hegemónicos del capitalismo-industrial-urbano y están mucho mejor adaptados y arraigados para hacer frente a crisis como éstas. Ponen en valor la vida sencilla, la autogestión, el retorno al campo, la relocalización, la reducción de la necesidad de insumos externos, resolviendo de forma autogestionaria la energía, el agua, el techo, a menudo con alquileres baratos, masoverías o compras colectivas, y buena parte de la comida y del beber con redes de intercambio y cooperativas de consumo, y con huertos que permiten reducir los euros gastados en empresas convencionales de distribución de alimentos. Aumentando en la misma proporción la libertad como ciudadanos no pautados por el dinero. Lo que hace que puedan estar confinados semanas con menos problemas que las familias de ciudad. Recuperando el vivir del trozo (viure del tros), como nuestros antepasados, del trozo de tierra, de la autogestión, en lugar de depender de miles de redes conectadas por petróleo y dinero. Estos neo-rurales pueden estar ahora entre los más privilegiados del país, confinados en granjas y masías amplias y con bellos paisajes, pudiendo pasear por el bosque sin riesgo de ser contagiados ni de contagiar nadie. Construyendo autogestión, autosuficiencia y soberanía alimentaria y energética en los cientos de hectáreas vacías del campo y del bosque catalán, que pierde población desde el 1700. Al igual que buena parte de la agricultura tradicional y ecológica; no tanto la convencional, integrada a la agroindustria, que está tan atrapada y afectada por el paro de los mercados como los trabajadores urbanos, y que al haber especializado la producción han perdido la resiliencia que les ofrecía la variedad de cultivos.

Igualmente, el teletrabajo aparece ahora como una opción interesante, cuando las TIC y los territorios despoblados y asequibles en Cataluña y en todo el mundo hace tiempo que convierten esta opción en una mucho más resiliente y sostenible, donde, entre otras cosas, desaparecen atascos, horas punta, y dinámicas del siglo XX que en muchas ocupaciones del XXI tienen poco más sentido que mantener inercias más mentales que reales.

Esta crisis, si no nos mata a todas, nos puede hacer crecer y aprender a organizar mejor nuestras sociedades. Pone en duda muchos fundamentos de la vida moderna, como el hecho de vivir amontonados en las ciudades. En el caso catalán, 5,5 millones de ciudadanos habitan en la provincia de Barcelona, ​​mientras que en la de Girona, de las mismas dimensiones, viven 750.000. Hay que lavarse mucho más las manos … Y confiar en que las cadenas de comercio y de transporte no se rompan, ya que se depende completamente de un complejo entramado de empresas que les dan de comer, agua, luz y trabajo.

También, se cuestiona un determinado modelo de globalización industrial y comercial que ha trasladado a miles de kilómetros nuestras fábricas con el fin de ocultar la explotación laboral y ecológica y poderla mantener. Lo que abre la puerta al Open Source Hardware o Hardware de Código Abierto y su modelo alternativo de ingeniería y producción en microfábricas cooperativas que comparten planos libremente en línea y fabrican localmente en Fab Labs. Como apunta Michel Bauwens, de la P2P Foundation, lo que es ligero (planos y conocimiento) es libre, gratuito y circula globalmente, y lo que pesa (fabricación, ensamblaje, transporte) es local. Hemos tenido una excelente muestra estos días con los respiraderos hechos con impresoras 3D, que si se hubieran mantenido en los modelos cerrados de ingeniería habituales, como plantea ahora Trump a General Motors y Ford, habría sido más lento y caro, y menos democrático.

De esta crisis puede nacer un nuevo modelo de unión de la humanidad a nivel planetario que nunca había luchado al unísono contra un mismo enemigo. Pensábamos que quizás sería el cambio climático, y muchas películas lo planteaban con una invasión extraterrestre, pero es un minúsculo virus el que quizá esté trastornado la humanidad hasta el punto de ayudarnos a crear una solidaridad, fraternidad y necesidad de acción conjunta que quizás abra un nuevo modelo de globalización, no únicamente comercial como hasta ahora, o cultural desde Internet, sino un verdadero único país planetario, cooperando para librarnos del virus y lo que le siga.

Hay que confiar, eso sí, que podamos dejar atrás todo lo que estamos obligados a hacer ahora: cerrarnos, aislarnos, desconfiar… Si no pasamos página de esto, el peligro de una sociedad aún más individualista, egótica, cerrada, atomizada, aislada y sospechosa los unos de los otros puede hacer aún más inhabitable el mundo que ya vivíamos de apogeo de derechas y fascismos.

Así, a fecha de hoy tenemos pocas certezas de cómo vamos a salir de esta crisis, y de cuál será el mundo que quede, cuáles las ideologías y países que se volverán hegemónicos y cuáles caerán, pero si tenemos ya algunas certezas: nada volverá a ser como antes. En 2008 muchos nos equivocamos al creer lo mismo. Pero esta vez el trauma es tan grande, las medidas tomadas tan dramáticas, la afectación tan global, y el impulso económico que hará falta para volver a la normalidad, tan amplio y transversal, que es mucho más probable que genere grandes transformaciones. Y los que somos de izquierdas y deseamos grandes cambios, como el movimiento alterglobalista y las izquierdas revolucionarias, debemos estar atentos y organizados para no dejar escapar en esta ocasión -como nos pasó en 2008-, la oportunidad de llevar a cabo profundas transformaciones de nuestras sociedades.

Ya hay síntomas claros de ello, como políticos de centro derecha hablando de la necesidad de establecer sistemas de renta básica -aunque sea para no evitar el hundimiento completo de todo la economía que habrá visto como cae drásticamente el poder adquisitivo-, reclamando a los bancos el retorno de las ayudas que la sociedad les dio hace diez años, hablando de reformar el capitalismo y los sistemas sanitarios y de cuidados o admitiendo de izquierda a derecha que será necesaria una decidida y billonaria intervención estatal y cuestionar el modelo neoliberal de sanidad privada y de estados débiles, que hoy haría del planeta un far west inhabitable y confinado hasta encontrar la vacuna.

Tenemos en este sentido otra ventaja relevante: que mientras Europa se esté rehaciendo, gracias a haber sido golpeados antes y a tener sistemas de protección sociales, los EEUU, el imperio que nos ha tocado vivir, estará inmerso en una profunda crisis sanitaria, pero también ética, ideológica y económica de dimensiones fundacionales. Eso sí, con la otra gran potencia emergente, China, amenazando con un modelo de sociedad aún más temible y autoritario que el americano.

En este interludio entre la caída de un imperio y el ascenso de uno nuevo, los ciudadanos, los estados menores y las naciones sin estado tenemos una ventana de oportunidad para reclamar y poner en práctica otro modelo solidario, interdependiente y multipolar, basado en los valores humanos que esta crisis nos ha obligado a desplegar para sobrevivir.

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